Empiezo mi jornada laboral. Estoy fresco, con energía y tengo claras las tareas importantes que tengo que hacer hoy. Comienzo con ese informe tan importante que me ha pedido uno de nuestros mejores clientes sobre el estado de sus ascensores y que me he comprometido a entregar hoy sin falta.
Suena el teléfono. Vaya, una urgencia de un montacargas parado del que tengo enviar una documentación para el acceso de los trabajadores y además responder a la reclamación del cliente. Esto me lleva un buen rato, pero ya se calman las aguas.
Termino y entra el compañero que me invita a un café ¡como rechazarlo! Vuelvo a mi sitio y chequeo el correo. Uff, me han entrado varios emails que responder. No son urgentes pero el jefe está esperando respuesta y no se le debe hacer esperar.
Me llaman de nuevo. Tenemos un par de ascensores que les caduca la inspección esta semana. Urge agilizar las reparaciones y comunicar al inspector que estamos en plazo. Llamadas, discusiones, reclamación de materiales, pero pese a que nos cuesta dios y ayuda cuadrar el calendario, finalmente queda resuelto. Venga una cosa menos, eres un crack.
¡Anda! Si es la hora de comer ya.
Cuando regreso a mi puesto continúo con el informe pero primero echo un vistazo al email. No paran de entrar tareas y me pongo a responder algunos correos. Siguen sin ser tareas urgentes, pero me resultan sencillas, no tengo que pensar demasiado y total, ya me las quito de encima. He ocupado más tiempo del previsto pero tengo una cierta euforia, una ilusión de productividad pese a que en el fondo se que me estoy engañando a mí mismo.
Me está costando horrores reanudar el informe, la comida ha sido copiosa y no logro centrarme. Miro de reojo el Facebook, ordeno un poco las carpetas que tengo en la mesa, tuneo el tipo de letra del informe…vaya, esto deber ser lo que llaman ahora procrastinar. Me tomaré otro café y seguro que me despierta.
Suena de nuevo el teléfono y resulta que me llaman del cole. La profesora del peque me dice que tiene unas décimas de fiebre y que mejor vaya a recogerle. Salgo corriendo. Desde el coche aprovecho y voy haciendo llamadas pendientes y apagando algún fuego que había quedado sin cerrar.
Ya en casa. Bañamos a los críos, cena y los acostamos temprano, que mañana toca madrugar de nuevo. Tenemos un ratito de calma para cenar y ver un poquito la tele. De vez en cuando chequeo el teléfono para ver los mensajes que han seguido entrando sin misericordia y las tareas que se me están acumulando para mañana. Sigo respondiendo algún correo pese a las horas que son. Me consuela la sensación de que soy un trabajador responsable.
Estoy rendido y mañana será otro día. Me voy a la cama y trato de conciliar el sueño…que paz, por fín ¡Mierda, olvidé terminar aquel informe tan importante que era para hoy!
¿Te suena? ¿Te has sentido así alguna vez? Es una sensación horrible ¿verdad?
¡Necesitas urgentemente tener un sistema de productividad personal! Un sistema fiable, un sistema que te rescate de este caos, un sistema que aporte orden a tu vida laboral y personal.
Me apasiona el tema de la productividad personal y llevo años leyendo sobre ello, investigando, probando métodos, herramientas y en esta entrada he decidido compartir contigo mi pequeño tesoro, mi sistema.
Mezcla lo digital con la libreta y boli de toda la vida. Desde luego no será el mejor de los sistemas, pero desde es el que a mí mejor me ha resultado hasta ahora. Sí que me interesa decirte que está basado siempre en herramientas gratuitas o de bajo coste.
Este es el esquema general. Evidentemente, detrás hay mucho que contar y mucho que explicar, pero eso lo hiré haciendo en sucesivos artículos que espero te resulten de interés.






